Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Harry Blount, estirado como un palo, permanecía, con el sombrero en la mano, a cierta distancia. La desenvoltura de su colega tenía como efecto el remarcar todavía más su rigidez habitual.
En ese momento reapareció el yemschik, que había logrado apoderarse de los dos caballos y lanzó una mirada de sentimiento sobre el magnífico animal, tendido en el suelo, que debía quedar abandonado a las aves de rapiña. Después fue a ocuparse de reenganchar las caballerías.
Miguel Strogoff le puso en antecedentes de la situación de los dos viajeros y de su proyecto de cederles un caballo de la tarenta.
-Como gustes -respondió el yemschik-. Sólo nos faltaba ahora dos coches en vez de uno.
-¡Bueno, amigo -contestó Alcide Jolivet, que comprendió la insinuación-, se te pagará el doble!
-¡Adelante, pues, tortolitos míos!
Nadia había subido de nuevo al carruaje y Miguel Strogoff y sus dos compañeros seguían a pie.
Con las primeras luces del alba, la tarenta estaba junto a la telega, y ésta se encontraba concienzudamente empotrada hasta la mitad de las ruedas. Se comprendía, pues, que con semejante golpe se hubiera producido la separación de los dos trenes del vehículo.