Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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Eran las tres de la madrugada y la borrasca estaba ya menguando en intensidad, el viento ya no soplaba con tanta violencia a través del desfiladero y así les sería posible continuar el camino.

Uno de los caballos de los costados de la tarenta fue enganchado con la ayuda de cuerdas a la caja de la telega, en cuyo banco volvieron a ocupar su sitio los dos periodistas y los vehículos se pusieron en movimiento. El resto del camino no ofrecía dificultad alguna, pues sólo tenían que descender las pendientes de los Urales. Seis horas después, los dos vehículos, siguiéndose de cerca, llegaron a Ekaterinburgo, sin que fuera de destacar ningún incidente en esta segunda parte del viaje. Al primer individuo que vieron los dos periodistas en la casa de postas fue al yemschik, que parecía esperarles.

Aquel digno ruso tenía, verdaderamente, una buena figura, y, sin embarazo ninguno, sonriente, se acercó hacia los viajeros y les tendió la mano reclamando su propina. La verdad obliga a decir que el furor de Harry Blount estalló con una violencia tan británica, que si el yemschik no hubiera logrado retroceder prudentemente, un puñetazo dado según todas las reglas del boxeo hubiera pagado su na vodku en pleno rostro.

Alcide Jolivet, viendo la cólera de su compañero, se retorcía de risa, como quizá no lo había hecho nunca.


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