Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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Al día siguiente, 23 de julio, en efecto, las dos tarentas no se encontraban más que a treinta verstas de Ichim. En aquel momento Miguel Strogoff distinguió sobre la ruta, apenas visible a causa de las nubes de polvo, un vehículo que precedía al suyo. Pero como sus caballos estaban menos fatigados, corrían con una velocidad mucho mayor y no tardarían en darles alcance. No era una tarenta ni una telega, sino una poderosa berlina de posta que debía de haber hecho ya un largo viaje. Su postillón no tenía más remedio que mantener el galope de los caballos a fuerza de golpes de látigo y de injurias. Aquella berlina no había pasado, ciertamente, por Novo-Saimsk, sino que debía de haber seguido el camino de Irkutsk por cualquier ruta perdida en la estepa. Miguel Strogoff y sus compañeros, viendo aquella berlina que corría hacia Ichim, no tuvieron más que un pensamiento: pasarle delante y llegar antes que ellos a la parada, con el fin de asegurarse los caballos disponibles. Por tanto, dieron instrucciones a los yemschiks y no tardaron en ponerse en línea con la berlina. Fue Miguel Strogoff quien llegó primero a su altura, en el mismo momento en que una cabeza se asomó por la portezuela del vehículo.

Miguel Strogoff no tuvo tiempo de observarla, pero al pasar, pese a la velocidad, oyó claramente una palabra, pronunciada con una imperiosa voz que se dirigió a él: -¡Deténgase!


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