Miguel Strogoff
Miguel Strogoff No se paró, sino todo lo contrario, y la berlina fue dejada atrás por las dos tarentas. Se produjo entonces una carrera de velocidad, porque los caballos de la berlina, excitados sin duda por la presencia y el ritmo de los caballos que les adelantaban, encontraron fuerzas para mantenerse a su ritmo durante algunos minutos. Los tres vehículos estaban envueltos por nubes de polvo. De aquellas nubes blanquecinas se escapaban, como una descarga de cohetes, los restallídos de los látigos, mezclados con gritos de excitación y de cólera.
Pero pronto Miguel Strogoff y sus compañeros sacaron ventaja; una ventaja que podía ser muy importante si la parada de postas estaba poco surtida de caballos, porque era muy fácil que el encargado de la posta no pudiera suministrar caballos de repuesto a tres vehículos en tan corto espacio de tiempo. Media hora después, la berlina quedaba atrás, convertida en un punto apenas visible en el horizonte de la estepa. Eran las ocho de la tarde cuando las dos tarentas llegaron a la parada de posta, situada a la entrada de Ichim.
Las noticias de la invasión empeoraban por momentos. La ciudad estaba directamente amenazada por la vanguardia de las columnas tártaras y, desde hacía dos días, las autoridades habían tenido que replegarse sobre Tobolsk y en Ichim no había quedado ni un funcionario ni un soldado.