Miguel Strogoff
Miguel Strogoff -Es posible que nos encontremos en Omsk dentro de algunos días -precisó Harry Blount.
-Es posible, en efecto, ya que voy allí directamente -respondió Miguel Strogoff.
-¡Pues bien! ¡Buen viaje, señor Korpanoff, y que Dios le guarde de las telegas! --dijo entonces Alcide Jolivet.
Los dos corresponsales tendieron la mano hacia Miguel Strogoff con la intención de estrechársela lo más cordialmente posible, cuando en aquellos momentos se oyó el ruido de un carruaje.
Casi inmediatamente se abrió la puerta y apareció un hombre. Era el viajero de la berlina, individuo de aspecto militar, de una cuarentena de años, alto robusto, de poderosa cabeza, anchas espaldas y unos espesos mostachos que se unían a sus rojas patillas. Llevaba un uniforme sin insignias, un sable de caballería cruzado a la cintura y en la mano un látigo de mango corto.
-Caballos -pidió con el tono imperioso de un hombre acostumbrado a mandar.
-No tengo caballos disponibles -respondió e encargado de la posta, inclinándose.
-Los necesito inmediatamente.
-Es imposible.
-¿Qué caballos son esos que acaban de ser enganchados en la tarenta que he visto a la puerta de la parada?