Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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Eran las siete de la tarde. El cielo estaba cubierto y ya habían caído varios chaparrones que tuvieron la virtud de eliminar el polvo y hacer el camino más cómodo. Miguel Strogoff, desde la parada de Ichim, estaba taciturno, sin embargo estaba siempre atento para preservar a Nadia de esta carrera sin tregua ni reposo, pero la joven no se lamentaba nunca. Hubiera querido darles alas a los caballos. Algo le decía que su compañero tenía más urgencia aún que ella por llegar a Irkutsk. ¡Y cuántas verstas les separaban aún de esta ciudad!

Le vino entonces al pensamiento que si Omsk estaba invadida por los tártaros, la madre de Miguel Strogoff, que vivía en esta ciudad, corría grandes peligros que debían inquietar extremadamente a su hijo, lo cual era más que suficiente para explicar su impaciencia por llegar a su lado. Nadia creyó, pues, que debía hablar de la vieja Marfa, de lo sola que debía encontrarse en medio de tan graves acontecimientos.

-¿No has recibido ninguna noticia de tu madre desde el comienzo de la invasión? -le preguntó.

-Ninguna, Nadia. La última carta que me escribió data ya de dos meses atrás, pero me daba buenas noticias. Marfa es una mujer enérgica, una vieja siberiana. Pese a su edad conserva toda su fuerza moral. Sabe sufrir.

-Yo iré a verla, hermano -dijo Nadia con viveza-. Ya que tú me das el nombre de hermana, yo soy la hija de Marfa.


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