Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Pero antes de que Miguel Strogoff hubiera tenido tiempo de responderle, uno de los bateleros lanzó una exclamación de espanto:
-¡Los tártaros! ¡Los tártaros!
Eran, en efecto, barcas cargadas de soldados que descendÃan rápidamente por el Irtyche y antes de que hubieran transcurrido varios minutos habrÃan alcanzado el transbordador, demasiado pesado para huir de ellos.
Los bateleros, aterrorizados por esta aparición, lanzaron gritos de desespero, abandonando los bicheros.
-¡Valor, amigos mÃos! -gritó Miguel Strogoff-. ¡Valor! ¡Cincuenta rublos para vosotros si estamos en la orilla derecha antes de que nos alcancen esas barcas!
Los bateleros, reanimados por estas palabras, reemprendieron la maniobra y continuaron luchando contra la corriente, pero era evidente que no podrÃan evitar el abordaje de los tártaros.
¿PasarÃan de largo sin inquietarlos? Era poco probable. Por el contrario, debÃa temerse todo de estos salteadores.
-No tengas miedo, Nadia -dijo Miguel Strogoff-, pero prepárate a todo.
-Estoy preparada -respondió Nadia.
-¿Hasta a arrojarte al rÃo cuando te lo diga?
-Cuando tú me lo digas.
-Ten confianza en mÃ, Nadia.
-Tengo confianza.