Miguel Strogoff
Miguel Strogoff -Vamos, entonces -respondió el campesino, comprendiendo que no podrÃa luchar contra la voluntad de su huésped-. Yo mismo te conduciré. TodavÃa hay un gran número de rusos en Omsk y podrás pasar desapercibido.
-¡Amigo -le dijo Miguel Strogoff-, ¡que el cielo recompense todo lo que estás haciendo por mÃ!
-¡Una recompensa! ¡Sólo los locos la esperan en la tierra! -respondió el campesino. Miguel Strogoff abandonó la cabaña; pero cuando quiso iniciar la marcha sintió tal desvanecimiento, que seguramente hubiera caÃdo a tierra de no ser por la ayuda del campesino, sin embargo su gran voluntad hizo que se recuperara prontamente. SentÃa en su cabeza el golpe de lanza que habÃa recibido y que afortunadamente habÃa sido ámortiguado por el gorro de pieles con que se cubrÃa, pero siendo poseedor de la energÃa que le caracterizaba, no era hombre para dejarse abatir por tan poca cosa. Un solo pensamiento cruzaba por su mente: aquella lejana Irkutsk a la que tenÃa necesidad de llegar. Pero antes era preciso atravesar Omsk sin detenerse.
-¡Que Dios proteja a mi madre y a Nadia! -murmuró-. Ahora no tengo derecho a pensar en ellas.