Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Miguel Strogoff, haciendo un esfuerzo supremo, se había marchado, sin ver a su vieja madre que se dejaba caer casi inerte sobre un banco. Pero en el momento en que el encargado se precipitó hacia ella para socorrerla, la anciana se levantó. Una súbita revelacian había entrado en su espíritu. ¡Ella, renegada por su hijo! ¡Esto no era posible! En cuanto a que ella pudiera equivocarse, era más imposible todavía. Era evidente que el que acababa de ver era su hijo y si él no la había reconocido es que no había querido, que no debía reconocerla, que tenía terribles razones para comportarse de aquella manera. Entonces, reprimiendo sus sentimientos maternales, no tuvo más que un pensamiento: «¿ Lo habré perdido sin querer?»
-¡Estoy loca! -dijo a los que la interrogaban-. ¡Mis ojos me han engañado! ¡Ese joven no es mi hijo! ¡No tenía su voz! ¡No pensemos más en ello porque acabaré viéndolo en todas partes!
Pero menos de diez minutos después, un oficial tártaro se presentaba en la parada de posta.
-¿Marfa Strogoff ? -preguntó.
-Soy yo -respondió la anciana mujer, con tono calmoso y la mirada tan tranquila que los testigos de la escena que acababan de presenciar no la hubieran reconocido.
-Ven conmigo -dijo el oficial.
Marfa Strogoff siguió con paso seguro al oficial tártaro, abandonando la casa de postas.