Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Efectivamente, entre Ubinsk y Kamakova, las lluvias, muy copiosas unas semanas antes, habían depositado las aguas en aquella estrecha depresión como sobre una cuenca impermeable. No había solución de continuidad en aquellos estanques, pantanos y lagos. Uno de estos lagos -lo suficientemente considerable como para merecer esa denominación geográfica-, el Chang -nombre chino-, tuvo que bordearlo Miguel Strogoff a lo largo de veinte verstas y a costa de grandes esfuerzos y dificultades extremas, lo cual ocasionó retrasos que toda la impaciencia del correo del Zar no podía impedir. Había hecho bien en no tomar un vehículo en Kamsk, porque su caballo pasaba por lugares por los que ningún carruaje hubiera podido pasar. A las nueve de la tarde, Miguel Strogoff llegaba a lkulskoë, en donde se detuvo toda la noche. En esa aldea perdida en la Baraba no se tenía absolutamente ninguna noticia sobre la guerra y es que, por su misma naturaleza, esta parte de la provincia quedaba dentro de la bifurcación que formaban las dos columnas tártaras que avanzaban una sobre Omsk y la otra sobre Tomsk, por eso había escapado hasta aquel momento de los horrores de la invasión.