Miguel Strogoff
Miguel Strogoff El propósito, simple y lógico, de Miguel Strogoff, era llegar a Kolyvan antes que los jinetes tártaros, que, remontando la orilla izquierda del Obi, hubieran alcanzado la ciudad. Allí, pagando diez veces su valor, se procuraría nuevas ropas y un caballo y volvería sobre la ruta de Irkutsk, a través de la estepa meridional. Eran las tres de la madrugada y los alrededores de Kolyvan, en una calma absoluta, parecían completamente abandonados.
Evidentemente, la población campesina, huyendo de los invasores, a los que no podían oponerse, habían emigrado hacia el norte, refugiándose en las provincias del Yeniseisk.
Miguel Strogoff se dirigía a paso rápido hacia Kolyvan, cuando llegaron hasta él lejanas detonaciones.
Se paró, distinguiendo netamente unos sordos ruidos que atravesaban las capas de la atmósfera y una crepitación cuyo origen no podía escapársele al correo del Zar.
-¡Son cañones! ¡Y descargas de fusilería! -se dijo-. ¿El pequeño cuerpo de ejército ruso se enfrenta ya con los tártaros? ¡Quiera el Cielo que llegue antes que ellos a Kolyvan!
Miguel Strogoff no se equivocaba.