Miguel Strogoff
Miguel Strogoff A estos pensamientos se unía el recuerdo de su madre y de Nadia, prisionera una en Omsk y la otra transportada sobre una de las barcas del Irtyche y, sin duda, ahora una cautiva más, como Marfa Strogoff. ¡Y no podía hacer nada por ellas! ¿Las volvería a ver algún día? Ante esta pregunta, a la que no osaba responderse, se le oprimía dolorosamente el corazón a Miguel Strogoff.
Harry Blount y Alcide Jolivet habían sido conducidos al campamento tártaro al mismo tiempo que Miguel Strogoff y muchos otros prisioneros. Su compañero de viaje en otros tiempos, hecho prisionero a la vez que ellos en la estación telegráfica, sabía que estaban encerrados, como él, en aquel estrecho recinto vigilado por numerosos centinelas, pero no había hecho intención de acercarse a ellos. En aquellos momentos, al menos, le importaba muy poco lo que pudieran pensar de él después de los sucesos de la parada de posta de Ichim. Por otra parte, quería estar solo para obrar con entera libertad en caso necesario, por lo que procuró mantenerse retirado y permanecer a la escucha.
Alcide Jolivet, desde que su compañero había caído herido a su lado, no había cesado de prodigarle sus cuidados.
Durante el trayecto de Kolyvan hasta el campamento, es decir, durante varias horas de marcha, Harry Blount, apoyado en su rival, había podido seguir al convoy de prisioneros.