Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Nadia, después de ser conducida con los demás prisioneros, pudo huir y llegar al anfiteatro en el momento en que Miguel Strogoff era conducido a presencia del Emir. Allí, mezclada entre la multitud, lo había visto todo, pero no se le escapó un solo grito cuando el sable, al rojo vivo, pasó ante los ojos de su compañero. Tuvo la fuerza suficiente para permanecer inmovil y muda. Una providencial inspiración le dijo que reservara su libertad para guiar al hijo de Marfa Strogoff a la meta que había jurado alcanzar. Su corazon, por un momento, dejó de latir cuando la vieja siberiana cayó desmayada, pero un pensamiento le devolvió toda su energía:
« ¡Yo seré el lazarillo de este ciego! », se dijo.
Después de la partida de Ivan Ogareff, Nadia permaneció escondida entre las sombras. Había esperado a que la multitud desalojara el anfiteatro en el que Miguel Strogoff, abandonado como un ser miserable del que nada puede temerse, había quedado solo. Le vio arrastrarse hasta su madre, inclinarse hacia ella, besarle la frente y después levantarse y huir tanteando...
Unos instantes después, ella y él, cogidos de la mano, habían descendido del escarpado talud y, siguiendo la margen del Tom hasta el límite de la ciudad, habían franqueado una brecha del recinto.