Miguel Strogoff
Miguel Strogoff La ruta de Irkutsk era la única que se dirigía hacia el este. No podía equivocarse. Nadia hacía caminar rápidamente a Miguel Strogoff porque era posible que al día siguiente, después de algunas horas de orgía, los exploradores del Emir se lanzaran de nuevo por la estepa, cortando toda comunicación. Interesaba, pues, adelantarse a ellos y llegar a Krasnoiarsk, a quinientas verstas (533 kilómetros) de Tomsk y no abandonar la gran ruta más que en caso imprescindible. Lanzarse fuera de la ruta trazada era lanzarse hacia la incertidumbre y lo desconocido; era la muerte a breve plazo.
¿Cómo pudo Nadia soportar la fatiga de aquella noche del 16 al 17 de agosto? ¿Cómo encontró la fortaleza física necesaria para recorrer tan larga etapa? ¿Cómo sus pies, sangrando por una marcha forzada, pudieron conducirla? Es casi incomprensible. Pero no es menos cierto que al día siguiente, doce horas después de su partida de Tomsk, Miguel Strogoff y ella se encontraban en el villorrio de Semilowskoe, habiendo recorrido cincuenta verstas.
Miguel Strogoff no había pronunciado ni una sola palabra. No era Nadia quien sujetaba su mano, sino que era él quien retuvo la de su compañera durante toda la noche; pero gracias a aquella mano que le guiaba únicamente con sus estremecimientos, había podido marchar a paso ordinario.