Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Nadia reconoció que este joven era ruso. TenÃa una expresión dulce y flemática que inspiraba confianza y no parecÃa desde luego, el hombre más apresurado del mundo. Iba a paso tranquilo, para no cansar al caballo, y, al verle, no se hubiera podido creer que marchaba sobre una ruta que los tártaros podÃan cortar de un momento a otro. Nadia, manteniendo a Miguel Strogoff cogido de la mano, se apartó a un lado del camino.
La kibitka se detuvo y el conductor miró a la joven sonriendo.
-¿Adónde vais vosotros de esta manera? -preguntó, poniendo ojos redondos como platos.
El sonido de aquella voz le era familiar a Miguel Strogoff y fue sin duda suficiente para reconocer al conductor de la kibitka y tranquilizarse, ya que su frente se distendió enseguida.
-¡Bueno! ¿Adónde vais? -repitió el joven, dirigiéndose más de lleno a Miguel Strogoff.
-Vamos a Irkutsk -respondió éste.
-¡Oh! ¡No sabes, padrecito, que hay verstas y verstas todavÃa hasta Irkutsk!
-Lo sé.
-¿Y vas a pie?
-A pie.
-Tú, bueno, ¿pero la señorita ... ?
-Es mi hermana -dijo Miguel Strogoff, que creyó prudente devolver ese calificativo a Nadia.