Miguel Strogoff
Miguel Strogoff -¡SÃ, tu hermana, padrecito! ¡Pero créeme que no podrá llegar jamás a Irkutsk!
-Amigo -respondió Miguel Strogoff aproximándose-, los tártaros nos han despojado de todo cuanto tenÃamos y no me queda un solo kopek que ofrecerte; pero si quieres poner a mi hermana a tu lado, yo te seguiré a pie, correré si es necesario y no te haré perder ni una hora...
-¡Hermano! -gritó Nadia-. ¡No quiero! ¡No quiero! ¡Señor, mi hermano está ciego!
-¡Ciego! -respondió el joven, conmovido.
-¡Los tártaros le han quemado los ojos! -dijo, tendiendo sus manos como implorando piedad.
-¿Quemado los ojos? ¡Oh! ¡Pobre padrecito! Yo voy a Krasnoiarsk. ¿Por qué no montas con tu hermana en la kibitka? Estrechándonos un poco cabremos los tres. Además, mi perro no pondrá inconveniente en ir a pie. Pero voy despacio para no cansar a mi caballo.
-¿Cómo te llamas, amigo? -preguntó Miguel Strogoff.
-Me llamo Nicolás Pigassof.
-Es un nombre que no olvidaré nunca -respondió el correo del Zar.