Miguel Strogoff
Miguel Strogoff -Bien, pues sube, padrecito ciego. Tu hermana estará cerca de ti, en la parte de atrás de la carreta. Yo iré delante para conducir. Hay ahà un buen montón de corteza de abedul y paja de cebada. Estaréis como en un nido. ¡Vamos, Serko, déjanos sitio!
El perro se apeó sin hacerse de rogar. Era un animal de raza siberiana, de pelo gris y talla pequeña, con una gruesa y bondadosa cabeza, que parecÃa estar muy compenetrado con su dueño.
Miguel Strogoff y Nadia, en un instante, estuvieron instalados en la kibitka y el correo del Zar extendió sus manos como buscando las de Nicolás Pigassof.
-¡Aquà están mis manos, si quieres estrecharlas! -dijo Nicolás-. ¡Aquà están, padrecito! ¡Estréchalas todo lo que te plazca!
La kibitka reanudó la marcha. El caballo, al que Nicolás no golpeaba nunca, iba a paso de andadura. Si Miguel Strogoff no iba a ganar en rapidez, al menos le ahorraba a Nadia nuevas fatigas.
Era tal el estado de agotamiento de la joven que, al sentirse balanceada por el monótono movimiento de la kzbitka, cayó en una completa postración. Miguel Strogoff y Nicolás la acostaron sobre el follaje de abedul, acomodándola lo mejor que les fue posible.