Miguel Strogoff
Miguel Strogoff El compasivo muchacho estaba profundamente conmovido por el estado de la joven, y si Miguel Strogoff no derramó ninguna lágrima fue porque la hoja del sable al rojo vivo le habÃa quemado los lacrimales.
-Es muy linda --dijo Nicolás.
-Sà -respondió Miguel Strogoff.
-¡Quieren ser fuertes, padrecito, valientes, pero en el fondo, son tan frágiles estas muchachas! ¿VenÃs de muy lejos?
-SÃ.
-¡Pobres! ¡Debieron de hacerte mucho daño, los tártaros, cuando te quemaron los ojos!
-Mucho daño -respondió el correo del Zar, volviéndose hacia Nicolás como si hubiera querido verle.
-¿No lloraste?
-SÃ.
-¡Yo también hubiera llorado! ¡Pensar que ya no verás más a los seres queridos!
¡Claro que ellos te ven a ti! ¡Esto siempre puede ser un consuelo!
-SÃ, puede serlo. DÃme, amigo. ¿No me has visto tú en ninguna parte? -preguntó Miguel Strogoff.
-¿A ti, padrecito? No, jamás.
-Es que tu voz no me es desconocida.