Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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-¡Pero, ahora que pienso, qué dolor experimentará también cuando vea que su hijo mayor está ciego! ¡Ah! ¡Está todo bien complicado en este mundo!

Como consecuencia de todo esto, el resultado fue que la kibitka marchaba con mayor velocidad y, cumpliéndose los cálculos de Miguel Strogoff, recorrían de diez a doce verstas por hora.

Merced a esto, el 28 de agosto los viajeros pasaban por el poblado de Balaisk, a ochenta verstas de Krasnoiarsk, y el 29, por el de Ribinsk, a cuarenta verstas de Balaisk.

Al día siguiente, treinta y cinco verstas mas allá, llegaban a Kamsk, población ya mucho más importante, bañada por el río que lleva su mismo nombre, pequeño afluente del Yenisei que desciende de los montes Sayansk. Kamsk, sin embargo, no es una gran ciudad, pero sí un pueblo importante cuyas casas de madera están pintorescamente agrupadas alrededor de una plaza, dominada por el alto campanario de su catedral, cuya cruz dorada resplandece bajo los rayos del sol. Casas vacías, e iglesia desierta. Ni una parada, ni un albergue habitado, ni un caballo en las cuadras, ni un animal doméstico suelto por la estepa. Las órdenes del gobierno moscovita eran ejecutadas con absoluto rigor. Todo aquello que no había podido ser transportado, fue destruido.


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