Miguel Strogoff
Miguel Strogoff ¿No le tendrían reservado aquellos bárbaros algún cruel suplicio cuando llegasen a Irkutsk?
Nadia se encontraba agotada por el hambre, así como su compañero, pero tuvo la buena suerte de encontrar, en una casa de la villa, una cierta cantidad de carne seca y de sukbaris, pedazos de pan que, secos por la evaporación pueden conservar indefinidamente sus cualidades nutritivas. Miguel Strogoff y la joven cargaron con todo lo que podían transportar, asegurando así la comida para varias jornadas y, en cuanto al agua, no tenían por qué preocuparse en aquellas comarcas regadas por mil pequeños afluentes del Angara. Se pusieron otra vez en camino. Miguel Strogoff iba siempre a paso regular, regulado por el paso lento de su compañera. Nadia, no queriendo quedarse atrás, forzaba su marcha. Afortunadamente, su compañero no podía ver el estado miserable en que se encontraba reducida. Sin embargo, Miguel Strogoff lo presentía.
-Estás al cabo de tus fuerzas, mi pobre niña -le decía de vez en cuando.
-No -respondía ella.
-Cuando ya no puedas más, yo te llevaré, Nadia.
-Sí, Miguel.
Durante aquel día fue preciso atravesar el Oka, pero su curso era vadeable y no ofrecía ninguna dificultad.