Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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El cielo estaba encapotado y la temperatura era soportable; pero era de temer que lloviese, lo cual hubiera aumentado sus miserias.

Efectivamente, cayeron algunos chaparrones, pero por fortuna fueron de poca duración.

Caminaban siempre igual, cogidos de la mano y hablando poco. Se detenían dos veces al día y reposaban durante seis horas por la noche. En unas cabañas abandonadas, Nadia encontró algunos pedazos más de esa carne seca, tan abundante en el país, que no cuesta más que a dos kopeks y medio la libra. Pero contrariamente a lo que podía ser la esperanza de Miguel Strogoff, no había una sola bestia de carga en toda la comarca. Los caballos y camellos fueron muertos o transportados a otros lugares. No tenían más remedio que continuar a pie la travesía de esta interminable estepa.

Las huellas de la tercera columna tártara que se dirigía hacia Irkutsk eran bien visibles. Aquí un caballo muerto, allá un carruaje abandonado. Los cadáveres de los desdichados siberianos iban jalonando también la ruta, principalmente a la entrada y salida de las poblaciones. Nadia, dominando su repugnancia, revisaba todos los cadáveres.


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