Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Pero, en suma, el peligro no estaba delante, sino atrás. La vanguardia del más importante ejercito del Emir, mandado por Ivan Ogareff, podÃa a ecer de un momento a otro. Las barcas transportadas al Yenisei inferior debÃan de haber llegado ya a Krasnoiarsk y habrÃan servido para atravesar rápidamente el rÃo. El camino, a partir de allÃ, estaba ya libre para los invasores, porque ningun cuerpo de ejército ruso podÃa barrerlos entre Krasnoiarsk y el lago Baikal. Miguel Strogoff, pues, esperaba la llegada de los exploradores tártaros.
Nadia, en cada parada, subÃa a algún promontorio o a cualquier sitio elevado y miraba atentamente hacia el oeste, pero ninguna nube de polvo señalaba todavÃa la aparición de tropas a caballo.
Después, reanudaban la marcha y cuando Miguel Strogoff notaba que era él quien arrastraba a Nadia, hacÃa más lento su paso. Hablaban poco y únicamente Nicolás era el objeto de sus conversaciones. La joven recordaba todo lo que habÃa significado para ellos aquel compañero de unos dÃas.
Cuando le respondÃa, Miguel Strogoff intentaba dar a Nadia alguna esperanza, de la que no habÃa trazas en si mismo, porque sabÃa perfectamente que el infortunado muchacho no podÃa escapar a una muerte cierta.
Un dÃa, Miguel Strogoff dijo a la joven.-No me hablas nunca de mi madre, Nadia.