Miguel Strogoff
Miguel Strogoff ¡Su madre! ¡Nadia no quería hablarle de ella! ¿Por qué aumentar su dolor? ¿Había muerto la vieja siberiana? ¿No había dado su hijo el último beso al cadáver de su madre, caído sobre el anfiteatro de Tomsk?
-¡Háblame de ella, Nadia! -suplicó, sin embargo, Miguel Strogoff-¡Me dará tanta dicha!
Entonces, Nadia hizo lo que ni siquiera había intentado hasta entonces. Le contó todo lo que les había sucedido a Marfa y a ella desde su encuentro en Omsk, donde ambas se habían visto por primera vez, explicando cómo un extraño instinto la había impulsado hacia la anciana prisionera, sin conocerla, prodigándole sus cuidados y recibiendo de la vieja siberiana una mayor firmeza para afrontar la situación. Miguel Strogoff, para ella, en aquella época, era todavía Nicolás Korpanoff.
-¡Lo que hubiera debido ser siempre! -respondió Miguel Strogoff con la frente ensombrecida.
Y al cabo de un rato, agrego:
-¡He faltado a mi promesa, Nadia! ¡Había jurado que no verla a mi madre!
-¡Pero tú no has intentado verla, Miguel! -respondió Nadia-. ¡Fue el azar quien te puso en su presencia!
-Había jurado que, ocurriera lo que ocurriese, no me descubriría!