Miguel Strogoff
Miguel Strogoff -¡Miguel, Miguel! ¿Viendo el látigo levantado sobre Marfa Strogoff, cómo podías resistirlo? ¡No! ¡No hay promesa ni juramento alguno que pueda impedir a un hijo ayudar a su madre!
-He faltado a mi juramento, Nadia -insistió Miguel Strogoff-. ¡Que Dios y el Padre me perdonen!
-Miguel -dijo entonces la joven-, tengo que hacerte una pregunta. No me respondas, si crees que no debes responderme. De ti nada puede herirme.
-Habla, Nadia.
-¿Por qué, ahora que la carta del Zar no está en tu poder, tienes tanta prisa por llegar a Irkutsk?
Miguel Strogoff apretó más fuertemente la mano de su compañera, pero no contestó.
-¿Conocías el contenido de la carta antes de abandonar Moscú? -siguió preguntando Nádia.
-No, no lo conocía.
-¿Debo pensar, Miguel, que te empuja a Irkutsk únicamente el deseo de dejarme en manos de mi padre?
-No, Nadia -respondió con gravedad Miguel Strogoff-. Te engañaría si te dejara creer que es así. Voy allí porque mi deber me ordena ir. En cuanto a conducirte a Irkutsk, ¿no eres tú quien me conduce a mí ahora? ¿No veo por tus ojos? ¿No es tu mano la que me guía? ¿ No has devuelto centuplicados los servicios que te haya podido hacer?