Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Ignoro si la mala suerte dejará de abrumarnos, pero si algún dÃa tú me das las gracias por haberte dejado en manos de tu padre, yo te las daré por haberme conducido a Irkutsk.
-¡Pobre Miguel! -respondió Nadia emocionada-. ¡No hables asÃ! ¡Ésta no es la respuesta que yo te pido! Miguel, ¿por qué tienes tanta prisa por llegar a Irkutsk?
-Porque es preciso que esté allà antes de que Ivan Ogareff se haga llamar Miguel Strogoff.
-¿Pese a todo?
-¡Pese a todo, llegaré!
Al pronunciar estas últimas palabras, Miguel Strogoff no hablaba únicamente asà por odio al traidor. Pero Nadia comprendió que su compañero no se lo decÃa todo porque no se lo podÃa decir.
El 15 de septiembre, tres dÃas más tarde, ambos llegaron a la aldea de Kuitunskoe, a sesenta verstas de Tulunovskoe. La joven caminaba con grandes sufrimientos, sostenida apenas por sus doloridos pies. Pero resistÃa y no tenÃa más que un pensamiento:
«Puesto que no puede verme, seguiré caminando hasta que me caiga.»
Por otra parte, ningún obstáculo se les habÃa presentado en esta parte de su viaje; ningún peligro tuvieron que afrontar esos últimos dÃas de la ruta, desde la partida de los tártaros. únicamente muchas fatigas.