Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Sesenta verstas separaban Kultunskoe de Kimiteiskoe, pequeña población situada a poca distancia del Dinka, tributarlo del Angara. El correo del Zar pensaba con cierto temor en el obstáculo que significaba este afluente, de cierta importancia, situado en su camino. Ni soñar encontrarse con algún transbordador o alguna barca, y se acordaba, por haberlo atravesado en otros tiempos más afortunados, que era muy difícil de vadear. Pero una vez franqueado aquel obstáculo, ningún río y ningún afluente interponíase ya en su camino y, después de recorrer otras doscientas treinta verstas, se hallarían en Irkutsk.
Fueron precisos tres días para llegar a Kimilteiskoe. Nadia no podía ya con sus piernas. Cualquiera que fuese su fortaleza moral, su fuerza física iba a derrumbarse. Pero Miguel Strogoff no se daba perfecta cuenta de esto. Si no hubiera estado ciego, Nadia le hubiera dicho:
-Vete, Miguel, déjame en cualquier cabaña y llega a Irkutsk, cumple con tu misión. Ve a ver a mi padre y dile dónde estoy, dile que le espero y los dos juntos sabréis encontrarme. Vete. No tengo miedo.
Me esconderé de los tártaros. Me conservaré para ti y para él. Vete, Miguel, ya no puedo más...