Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Varias veces, Nadia había tenido que detenerse y entonces Miguel Strogoff la tomaba en sus brazos y, no teniendo que preocuparse de la fatiga de la joven, desde el momento en que la llevaba él, andaba más rápidamente con su infatigable paso. El 18 de septiembre, a las diez de la noche, llegaron por fin a Kimilteiskoe. Desde lo alto de una colina, Nadia percibió en el horizonte una línea menos oscura que el resto del paisaje. Era el Dinka, en cuyas aguas se reflejaban algunos relámpagos sin trueno que iluminaban de vez en cuando el cielo.
Nadia condujo a su compañero a través de la arruinada población. Las cenizas de las hogueras estaban ya frías y era lógico pensar que los tártaros habían pasado por allí por lo menos cinco o seis días antes.
Al llegar a las últimas casas, Nadia se dejó caer sobre un banco de piedra.
-¿Hacemos un alto ahora? -le preguntó Miguel Strogoff.
-Ya es de noche, Miguel -respondió Nadia-. ¿No quieres descansar un poco?
-Hubiese querido atravesar antes el Dinka -respondió Miguel Strogoff-. Hubiera querido dejar entre nosotros y la vanguardia del Emir este río, ¡pero tú no puedes ya ni arrastrarte, pobre Nadia!
-Vamos, Miguel -respondió Nadia, tomando la mano de su compañero y siguiendo adelante.