Miguel Strogoff
Miguel Strogoff A dos o tres verstas de allí, el Dinka cortaba la ruta de Irkutsk. Este último esfuerzo que le pedía su compañero no podía la joven dejar de llevarlo a cabo; marcharon, pues, ambos, a la luz de los relámpagos. Atravesaban entonces un desierto sin límites, en medio del cual se perdía el pequeño río. Ni un árbol, ni un montículo sobresalían en esta vasta planicie, en donde recomenzaba la gran estepa siberiana. No soplaba la más ligera brisa y la calma era tan absoluta que el más leve ruido hubiera podido propagarse a una distancia infinita.
De pronto, Miguel Strogoff y Nadia se detuvieron, como si sus pies se hubieran quedado aprisionados en alguna grieta del suelo.
-¿Has oído? -preguntó Nadia.
Después, un lamento se dejó oír. Era un grito desesperado, como la última llamada a la vida de un ser humano agonizante.
-¡Nicolás, Nicolás! -gritó la joven, impulsada por algún siniestro pensamiento. Miguel Strogoff, que escuchaba, movió la cabeza.
-¡Ven, Miguel, ven! -dijo Nadia.
Y la joven, que hacía un momento apenas podía arrastrar sus pies, encontró que de pronto sus fuerzas volvían a ella bajo el empuje de la violenta excitación.