Miguel Strogoff
Miguel Strogoff -¿Hemos salido del camino? -preguntó Miguel Strogoff, al sentir bajo sus pies una tupida hierba, en lugar del polvoriento camino.
-Sí... Sí, es preciso... -respondió Nadia-. ¡El grito ha partido de allá, de la derecha!
Unos minutos después estaban solo a una media versta de la orilla del río. Dejóse oír un ladrido que, aunque más débil, venía, ciertamente, de muy cerca. Nadia se detuvo.
-¡Si! -dijo Miguel Strogoff-. ¡Es Serko quien ladra! ¡Ha seguido a su dueño!
-¡Nicolás! -gritó la joven.
Pero su llamada no obtuvo respuesta.
únicamente algunas aves de rapiña tendieron el vuelo y desaparecieron en las alturas. Miguel aguzaba el oído y Nadia miraba tratando de penetrar en las sombras de esta planicie, impregnada de efluvios luminosos, que centelleaban como hielo, pero no vio nada ni a nadie.
Y, sin embargo, se oyó nuevamente una voz que esta vez gritaba con tono lastimoso:«¡Miguel! »...
Inmediatamente, un perro ensangrentado saltó hacia Nadia. Era Serko.