Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Un viejo marinero del Baikal había tomado el mando. Era un hombre de unos sesenta y cinco años, curtido por las brisas del lago, con una espesa y larga barba blanca cayéndole sobre el pecho; cubría su cabeza, de aspecto grave y austero, con un gorro de piel, y vestía una larga y amplia hopalanda ajustada a la cintura, que le llegaba hasta los tacones.
El taciturno anciano, sentado a popa, daba las órdenes por señas y no pronunció ni diez palabras en diez horas. Por otra parte, toda maniobra se reducía a mantener la balsa dentro de la corriente que bordeaba el lago a lo largo del litoral, sin adentrarse en su interior.
Se ha dicho ya que en la balsa se encontraban rusos de distinta condición. Efectivamente, a los campesinos indígenas, hombres, mujeres, ancianos y niños, se habían unido tres peregrinos, sorprendidos por la invasión durante su viaje, algunos monjes y un pope.
Los peregrinos llevaban su báculo y su calabaza colgando de la cintura e iban salmodiando con voz plañidera. Uno venía de Ukrania, otro del mar Amarillo y un tercero de las provincias de Finlandia. Este último, de avanzada edad, llevaba un pequeño cepillo, cerrado con un candado, colgando de la cintura, como si hubiera estado sujeto al pilar de una iglesia. De las limosnas que recogiera durante su largo y fatigoso viaje, nada era para él, que ni siquiera poseía la llave de ese candado, el cual no se abriría hasta su vuelta.