Miguel Strogoff

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Los monjes venían del norte del Imperio. Hacía tres meses que salieron de la ciudad de Arkhangel, a la que ciertos viajeros, han atribuido el aspecto de cualquier ciudad oriental. Habían visitado ya las Islas Santas, cerca de la costa de Carelia; el convento de Solovetsk; el convento de Troitsa y los de San Antonio y San Teodosio en Kiev, la antigua ciudad favorita de los jagallones; el monasterio de Simeonof, en Moscú; el de Kazan, así como su iglesia de los Viejos Creyentes, y volvían a Irkutsk con su hábito, su capuchón y los vestidos de sarga.

En cuanto al pope, era un sencillo cura de aldea; uno de esos seiscientos mil pastores del pueblo con que cuenta el Imperio ruso. Iba tan miserablemente vestido como los propios campesinos, y es que, en verdad, no era más acomodado que cualquiera de ellos, porque no teniendo ni rango ni poder en la Iglesia, precisaba trabajar como cualquiera de ellos su pedazo de tierra, aparte de bautizar, casar y enterrar. Había podido sustraer a su mujer e hijos de las brutalidades de los tártaros, enviándolos a las Provincias del norte. Él había quedado en su parroquia hasta el último momento; después se vio obligado a huir, pero al encontrar cerrada la ruta de Irkutsk no le quedó más remedio que dirigirse al lago Baikal.


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