Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Un vivo sentimiento de piedad se reflejó en los rostros de Alcide Jolivet y su compañero.
Segundos después estaban ambos sentados junto a Miguel Strogoff, estrechando su mano y esperando a que hablara.
-Señores -dijo Miguel Strogoff en voz baja-, ustedes no deben saber quién soy ni qué he venido a hacer en Siberia. Les pido que mantengan mi secreto. ¿Me lo prometen?
-Por mi honor -respondió Alcide Jolivet.
-Por mi fe de caballero -agregó Harry Blount.
-¿Podemos serle útiles en algo? -preguntó el francés-. ¿Quiere usted que le ayudemos a cumplir su misión?
-Prefiero llevarla a cabo solo -respondió Miguel Strogoff.
-¡Pero esos miserables le han quemado los ojos! ---dijo Alcide Jolivet.
-Tengo a Nadia y sus ojos me bastan.
Media hora más tarde, la balsa, después de haber largado amarras del puerto de Livenitchnaia, se introducía en el río.
Eran las cinco de la tarde y estaba cerrándose la noche. Sería una noche muy oscura y, sobre todo, muy fría, porque la temperatura estaba ya por debajo de los cero grados.