Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Alcide Jolivet y Harry Blount habían prometido guardar el secreto a Miguel Strogoff, pero, sin embargo, no le abandonaron. Estuvieron conversando en voz baja y el ciego completó las noticias que tenía con las que pudieron proporcionarle los dos periodistas, con lo que pudo hacerse una idea bastante exacta de la situación. Era cierto que los tártaros rodeaban Irkutsk y que las tres columnas invasoras se habían reunido ya. No podía dudarse de que el Emir e Ivan Ogareff estuvieran frente a la capital.
Pero ¿por que mostraba el correo del Zar tanta prisa por llegar a Irkutsk, ahora que ya no podía entregar al Gran Duque la carta imperial y el hermano del Zar ni siquiera le conocía?
Alcide Jolivet y Harry Blount no comprendieron esto más de lo que lo comprendía Nadia.
Por lo demás, no se habló del pasado hasta el momento en que Alcide Jolivet creyó que era un deber decir a Miguel Strogoff:
-Nosotros le debemos nuestras excusas por no haberle estrechado la mano cuando nos despedimos en la parada de Ichim.
-Estaban en su derecho al creerme un cobarde.
-En cualquier caso -agregó Alcide Jolivet-, azotó usted magníficamente la cara de ese miserable. ¡Llevará la marca mucho tiempo!