Miguel Strogoff
Miguel Strogoff -No, no mucho tiempo -contestó sencillamente Miguel Strogoff. Media hora después de la salida de Livenitchnaia, Alcide Jolivet y Harry Blount estaban al corriente de las duras pruebas por las que habían tenido que atravesar Miguel Strogoff y su supuesta hermana. No Podían hacer otra cosa que admirar sin reservas aquella energía y aquel valor, que únicamente quedaban igualados por la devoción de la muchacha.
Pensaron de Miguel Strogoff exactamente lo mismo que había dicho de él el Zar, en Moscú: «En verdad, es un hombre.»
La balsa se deslizaba con rapidez entre los bloques de hielo que arrastraba la corriente del Angara.
Un panorama móvil se desplazaba lateralmente sobre las dos orillas del río y por una ilusión óptica parecía que era aquel aparejo flotante el que estaba inmóvil ante la sucesión de pintorescas vistas. Aquí las altas fallas graníticas, extrañamente perfiladas; allá abruptos desfiladeros por donde discurría algún río torrencial; algunas veces, un largo portalón con una ciudad humeante todavía; después, unos amplios bosques de pinos que proyectaban brillantes llamaradas. Pero si los tártaros habían dejado huellas de su paso por todas partes, no se les veía aún, ya que esperaban agruparse más estrechamente en los alrededores de Irkutsk.