Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Las voces de los peregrinos no se habían dejado oír desde que se adentraron en el curso del río. Todavía rezaban, pero sus rezos sólo eran murmullos que en forma alguna podían llegar hasta la orilla.
Los fugitivos, tendidos sobre la plataforma, apenas rompían con sus cuerpos la línea horizontal del agua. El viejo marinero, acostado en proa cerca de sus hombres, se ocupaba únicamente de apartar los bloques de hielo, maniobra que hacía en el más completo silencio. Estos bloques a la deriva, si no llegaban más adelante a constituir un obstáculo infranqueable, favorecían a los fugitivos. Efectivamente, el aparejo, aislado sobre las aguas libres del río, hubiera corrido un serio peligro, caso de ser localizado incluso a través de la espesa oscuridad, mi ntras que de esta forma podía confundirse con esas masas móviles de todos los tamaños y formas, y el rumor que producía la rotura de los bloques al chocar entre ellos cubría cualquier otro ruido sospechoso. A través de la atmósfera se propagaba un frío que hacía sufrir cruelmente a los fugitivos, quienes sólo podían abrigarse con unas cuantas ramas de abedul.