Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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Por fin, si el cielo les favorecía, dentro de pocas horas estaría en sus brazos, transmitiéndole las últimas palabras de su madre, y ya nada les separaría jamás. Si el exilio de Wassili Fedor no había de acabarse, su hija se quedaría exiliada con él. Pero, por un impulso natural irreprimible, el pensamiento de Nadia se volvió hacia aquel al que ella debía el poder ver a su padre, a ese generoso compañero, ese «hermano» el cual, una vez rechazados los tártaros, regresaría a Moscú y puede que ya no volviera a verlo... En cuanto a Alcide Jolivet y Harry Blount, no tenían más que un mismo y unico pensamiento: que la situación era extremadamente dramática y que, bien descrita, les iba a proporcionar una de las crónicas más interesantes. El inglés pensaba, pues, en los lectores del Daily Telegraph, y el francés en los de su prima Magdalena, pero en el fondo, ambos estaban visiblemente emocionados.

«¡Tanto mejor! -pensaba Alcide Jolivet-. ¡Es necesario conmoverse para conmover!

¡Creo que hay un célebre verso a proposito para esto, pero, al diablo si sé ... !



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