Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Y sus ejercitados ojos trataban de penetrar las sombras que envolvían el río. Sin embargo, grandes resplandores rompían a veces las tinieblas e iluminaban los grandes macizos de las orillas, dándoles un fantástico aspecto. Se trataba de algún bosque en llamas o de alguna ciudad todavía ardiendo, siniestra representación de los cuadros del día en contraste con la noche.
El Angara se iluminaba entonces de una margen a la otra y los hielos se convertían en otros tantos espejos que reflejaban la luz de las llamas en todas direcciones y de todos los colores, desplazándose siguiendo los caprichos de la corriente. La balsa, confundida con uno de esos cuerpos flotantes, pasaba desapercibida. El peligro no estaba allí.
Pero un peligro de otra naturaleza amenazaba a los fugitivos. Éstos no podían preverlo y, sobre todo, no podían hacer nada por evitarlo. Fue a Alcide Jolivet a quien el azar eligio para localizarlo; véase en qué circunstancias:
El periodista estaba acostado sobre la parte derecha de la balsa, habiendo dejado que su mano rozase la superficie del agua. De pronto, fue sorprendido por la impresión que le produjo el contacto de la corriente en su superficie. Parecía ser de consistencia viscosa, como si se tratase de aceite mineral.