Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Durante ciertas fiestas religiosas, principalmente en Bakú, los indígenas, adoradores del fuego, lanzan a la superficie del mar la nafta líquida, que flota gracias a que tiene una densidad inferior a la del agua. Después, una vez que llega la noche, cuando la mancha mineral se ha esparcido por el Caspio, la inflaman para admirar aquel incomparable espectáculo de un océano de fuego ondulado a impulsos de la brisa. Pero lo que en Bakú no es mas que una diversión, en las aguas del Angara sería un mortal desastre si, intencionadamente o por imprudencia, una chispa inflamara el aceite, el incendio se propagaría más allá de Irkutsk.
En cualquier caso, sobre la balsa no era de temer ninguna imprudencia pero sí que había que temer los incendios que se propagaban por las dos orillas del Angara, porque bastaba que una brasa o una chispa cayera en el río para incendiar aquella corriente de nafta.
Se comprende los temores de Alcide Jolivet y Harry Blount, los cuales, en presencia de aquel nuevo peligro se preguntaban si no sería preferible acercar la balsa a una de las orillas, desembarcar y esperar los acontecimientos.
-En cualquier caso -dijo Alcide Jolivet-, cualquiera que sea el peligro, yo sé de uno que no va a desembarcar. Al decir esto aludía a Miguel Strogoff.