Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Mientras tanto, la balsa se deslizaba rápidamente entre los bloques de hielo, cuyo número aumentaba cada vez más.
Hasta entonces no habÃan divisado ningún destacamento tártaro sobre las márgenes del Angara, lo que indicaba que la balsa no habÃa llegado todavÃa a la altura de los puestos más avanzados. Sin embargo, hacia las diez de la noche, Harry Blount creyó distinguir numerosos cuerpos negros que se movian en la superficie de los témpanos. Aquellas sombras saltaban de un bloque a otro y se aproximaban rápidamente.
-¡Tártaros! -pensó.
Y deslizándose hacia el viejo marinero, situado en proa, le mostró aquel sospechoso movimiento.
-No son más que lobos --dijo-. Los prefiero a los tártaros, pero será preciso que nos defendamos, y sin hacer ruido.
En efecto, los fugitivos tuvieron que luchar contra esos feroces carniceros a los que el hambre y el frÃo lanzaban a través de la provincia. Los lobos habÃan olido a los fugitivos de la balsa y pronto los atacaron.