Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Se veían precisados a luchar contra esas bestias, pero no podían emplear armas de fuego, porque las posiciones tártaras podían encontrarse muy cerca de allí. Las mujeres y los niños se agruparon en el centro de la balsa, y los hombres, unos armados con pértigas, otros con cuchillos y la mayor parte con palos, se vieron obligados a rechazar a los asaltantes. Ellos no dejaban oír un solo grito, pero los aullidos de los lobos desgarraban el aire.
Miguel Strogoff no había querido permanecer inactivo y se había tendido en el costado de la balsa atacado por la jauría de carniceros. Sacando su cuchillo, cada vez que un lobo se ponía a su alcance, su mano sabía hundirle la hoja en la garganta. Harry Blount y Alcide Jolivet no permanecieron pasivos y desplegaron una gran actividad, secundados con todo coraje por sus compañeros balsistas. Toda esta matanza de lobos se desarrollaba en silencio, aunque varios de los fugitivos no habían podido evitar graves mordeduras de los atacantes. Sin embargo, la lucha no parecía tener un final inmediato. La jauría de lobos se renovaba sin cesar, por lo que era preciso que la orilla derecha del Angara estuviera infestada de esos animales.
-¡Esto no terminará nunca! -dijo Alcide Jolivet.
Y, de hecho, media hora después del comienzo del asalto, los lobos corrían a centenares por encima de los bloques de hielo.