Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Había reconocido también a Miguel Strogoff. ¡Un ciego! ¡Se enfrentaba, en suma, con un ciego! ¡Tenía la partida ganada!
Nadia, espantada por el peligro que amenazaba a su compañero en una lucha tan desigual, se lanzó hacia la puerta en busca de ayuda.
-¡Cierra la puerta, Nadia! -dijo Miguel Strogoff-. ¡No llames a nadie y déjame hacer!
¡El correo del Zar no tiene hoy nada que temer de ese miserable! ¡Que venga a mí, si se atreve, lo espero!
Mientras tanto, Ivan Ogareff, que se había revuelto sobre sí mismo como un tigre, no pronunció ninguna palabra. Hubiera querido sustraer al oído del ciego el ruido de sus pasos, hasta el de su respiración. Quería abatirle antes de que hubiera advertido su proximidad. El traidor no buscaba la lucha, sino que iba a asesinar a aquel al que había robado el nombre.
Nadia, aterrorizada y confiada a la vez, contemplaba con una muda admiración la terrible escena. Parecía que la calma de Miguel Strogoff la hubiera tranquilizado súbitamente.