Miguel Strogoff

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Después, los dos corresponsales, bien instalados en Irkutsk, se ocuparon en poner en orden sus impresiones del viaje. Como consecuencia, se enviaron a Londres y París dos interesantes crónicas relativas a la invasión tártara y que, cosa rara, no se contradecían en nada mas que en pequeños detalles sin importancia. Por lo demás, la campaña fue funesta para el Emir y sus aliados. Esta invasión, inútil como todas las que intentan atacar al coloso ruso, les dio malos resultados. 

Pronto se encontraron cortados por las tropas del Zar, que recuperaron sucesivamente todas las ciudades ocupadas. Además, el invierno fue terrible y de esas hordas, diezmadas por el frío, sólo una pequena parte consiguió volver a las estepas de Tartaria. La ruta de Irkutsk a los montes Urales estaba, pues, libre. El Gran Duque tenía deseos de volver a Moscú, pero retrasó su viaje para asistir a una tierna ceremonia que tuvo lugar varios días después de la entrada de las tropas rusas. Miguel Strogoff había ido al encuentro de Nadia y delante de su padre le dijo:

-Nadia, todavía eres mi hermana; cuando dejaste Riga para venir a Irkutsk, ¿dejaste atrás algún otro recuerdo que no fuera el de tu madre?

-No -respondió Nadia-, ninguno y de ninguna clase.

-Así, ¿ninguna parte de tu corazón quedó allí?

-Ninguna, hermano.


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