Miguel Strogoff
Miguel Strogoff «Sin duda -pensó-la intención de viajar la tuvo antes de la invasión. Puede ser que ignore lo que está pasando... Pero no; los mercaderes comentaron delante de ella los disturbios que hay en Siberia y ella no pareció asombrarse... Ni siquiera ha pedido una explicación... Lo sabía y sin embargo continúa... ¡Pobre muchacha! ¡Ha de tener motivos muy poderosos! Pero por valiente que sea -y lo es mucho, sin duda-, sus fuerzas la traicionarán durante el viaje porque, aun sin tener en cuenta los peligros y las dificultades, no podrá soportar las fatigas y nunca conseguirá llegar a Irkutsk ... »
Mientras reflexionaba, Miguel Strogoff no cesaba de caminar al albur, pero como conocía perfectamente la ciudad, no tendría dificultad alguna en encontrar el camino de la pensión.
Después de haber deambulado durante una hora fue a sentarse en un banco adosado a la fachada de una gran casa de madera que se levantaba en medio de otras muchas que rodeaban una vasta plaza.
Estaba sentado hacía unos cinco minutos cuando una mano se apoyó fuertemente en su hombro.
-¿Qué haces aquí? -le preguntó con voz ruda un hombre de elevada estatura al que no había visto venir.
-Estoy descansando -le respondió Miguel Strogoff.
-¿Es que tienes la intención de pasar aquí la noche? -replicó el hombre.