Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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-Sí, si ello me interesa -contestó Miguel Strogoff con un tono demasiado acre para pertenecer a un simple comerciante, que es lo que él debía ser.

-Acércate para que te vea -dijo el hombre.

Miguel Strogoff, acordándose que debía ser prudente antes que nada, retrocedió instintivamente.

-No hay ninguna necesidad de que me veas -respondió.

Y con toda su sangre fría, interpuso entre él y su interlocutor una distancia de unos diez pasos.

Observándolo bien, le pareció entonces que se las había con uno de esos bohemios que uno se encuentra en todas las ferias y con los cuales hay que evitar cualquier tipo de relación. Después, mirándolo más atentamente a través de las sombras que comenzaban a espesarse, distinguió cerca de la casa un gran carretón, morada habitual y ambulante de los cíngaros o gitanos que acuden en Rusia como un hormiguero allá donde hay algunos kopeks a ganar.

Mientras tanto, el bohemio había dado dos o tres pasos adelante y se preparaba para interpelar más directamente a Miguel Strogoff, cuando se abrió la puerta de la casa y apareció una mujer, apenas visible entre las sombras, la cual avanzó vivamente y, en un lenguaje rudo que Miguel Strogoff identificó como una mezcolanza de mongol y siberiano, dijo:


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