Miguel Strogoff

Miguel Strogoff

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-¿Otro espía? Déjalo y vente a cenar. El papluka está esperando. Miguel Strogoff no pudo evitar sonreírse por la calificación que le aplicaba la mujer, precisamente a él, que temía sobremanera a los espías.

El hombre, en el mismo lenguaje, pero empleando un acento muy distinto al de la mujer, respondió algunas palabras que venían a decir, poco más o menos:

-Tienes razón, Sangarra. Por lo demás, mañana nos habremos ido.

-¿Mañana? -replicó a media voz la mujer, con un tono que denotaba cierta sorpresa.

-Sí, Sangarra, mañana -respondió el bohemio-y es el mismo Padre el que nos envía... adonde queremos ir.

Y después de esto, hombre y mujer entraron en la casa, cerrando cuidadosamente la puerta tras ellos.

«¡Bueno! -se dijo Miguel Strogoff-. Si estos bohemios tienen interés en que no les entienda, tendría que aconsejarles que empleasen otra lengua para hablar delante de mí!»

En su calidad de siberiano y por haber pasado toda su infancia en la estepa, Miguel Strogoff -como queda dicho-comprendía casi todos los idiomas empleados desde Tartaria al océano Glacial. En cuanto al preciso significado de las palabras de los bohemios, no se preocupó demasiado por avenguarlo. ¿Qué interés podía tener para él?


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