Miguel Strogoff
Miguel Strogoff Las cinco horas que le quedaban aún por pasar en Nijni-Novgorod le parecían un siglo. ¿Qué podía hacer para ocupar la mañana, como no fuese deambular por las calles como la víspera? Una vez tomado su desayuno, arreglado el saco y visado su podaroshna en la oficina de policía, no tenía nada más que hacer hasta la hora de la partida. Pero como no estaba acostumbrado a levantarse después que el sol, se vistió, colocó cuidadosamente la carta con las armas imperiales en el fondo de un bolsillo practicado en el forro de la túnica, apretó el cinturón sobre ella, cerró el saco de viaje y echándoselo sobre los hombros salió de la posada. Como no quería volver a la Ciudad de Constantinopla, liquidó su cuenta, contando con almorzar a orillas del Volga, cerca del embarcadero.