Un Drama en México

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—En fin, no tengo nada que ver en este asunto; cuando esa ejecución se lleve a cabo, ya estaré muy lejos.

—¡Cómo! ¿piensa ya marchar?

—Sí, general, soy comerciante ante todo. Terminado el cargamento de algodón, saldré al mar. He entrado en Charleston, pero necesito salir. Esa es la cuestión. El Delfín es un buen barco, capaz de desafiar a la carrera a todos los buques federales, pero, por mucho que corra, más corre una bala de a ciento y uno de esos proyectiles en su casco o en su máquina, haría fracasar toda mi combinación comercial.

—Como usted guste, capitán —repuso Beauregard—. Nada puedo aconsejarle. Cumple usted con su deber, y hace bien. Yo haría lo mismo en su lugar. Además, la estancia en Charleston es poco agradable; una bahía en que llueven bombas no es un buen abrigo para un buque. Así, pues, puede zarpar cuando quiera. Pero, dígame, ¿qué fuerza y número tienen los cruceros federales que hay delante de Charleston?

Jacobo Playfair satisfizo lo mejor que pudo la curiosidad del general y se despidió con la mayor cortesía. Después volvió al Delfín, muy preocupado y triste.

—¿Qué diré a miss Jenny? —pensaba—. No puedo decirle la verdad. Mejor es que ignore los peligros que la amenazan. ¡Pobre hija!


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