Un Drama en México

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V

AL poco tiempo me reuní con mis compañeros; pero, con objeto de no alarmarlos, llevaba la escopeta al hombro, con la culata para arriba.

Eran dignos de ser vistos todos aquellos cazadores de oficio con sus trajes de caza.

Chaqueta blanca, pantalón de terciopelo, zapatos con grandes suelas y clavos, y polainas que cubrían las medias de lana, preferibles a las de hilo o algodón, que causan en seguida heridas, cosa que pude observar por experiencia al poco rato. Yo, como simple aficionado, no estaba tan bien, lo cual es lógico; pero no se puede pedir que un principiante tenga un vestuario como un cómico antiguo.

En cuanto a caza, debo decir que hasta aquel momento no habíamos visto nada, a pesar de todo lo dicho por mis compañeros anteriormente, y hasta me advirtieron, sobre todo, que vista la abundancia, no tirase sobre las hembras que fuesen a ser madres.

Como es de suponerse, era una advertencia inútil, pues mal podía distinguir eso, yo que no sé diferenciar un conejo de un gato, aún estando guisado.

Bretignot, que sin duda quería que le honrase con mi comportamiento, me dijo:


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