Veinte mil leguas de viaje submarino

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-¡Orden de las hidromedusas!, murmuró Consejo. De pronto la luz se hizo a cada lado del salón a través de dos aberturas oblongas. Las masas líquidas aparecieron vivamente iluminadas por los rayos eléctricos. Dos placas de cristal nos separaban y del mar. Me estremecí, al principio, pensando en que tan frágil muro podía quebrarse; pero estaban sujetas con fuertes armazones de cobre que le daban una resistencia casi infinita.

El mar se veía claramente en un radio de una milla en torno al Nautilus. ¡Qué espectáculo! ¡Qué pluma se requeriría para describirlo!

¡Quién sería capaz de pintar los efectos de la luz en aquellas masas transparentes y la suavidad de las sucesivas gradaciones hasta las capas inferiores o superiores del océano!

Es conocida la diafanidad del mar. Se sabe que es más límpido que el agua de manantial. Las substancias minerales y orgánicas en suspensión acrecen aún su transparencia. En ciertas partes del océano, en las Antillas, a través de ciento cuarenta y cinco metros se divisa el lecho arenoso con sorprendente nitidez y la fuerza de penetración de los rayos solares sólo parece detenerse a una profundidad de trescientos metros. 


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