Veinte mil leguas de viaje submarino
Veinte mil leguas de viaje submarino Durante dos horas todo un ejército acuático sirvió de escolta al Nautilus. En medio de sus juegos y de sus brincos, mientras rivalizaban en exhibiciones de belleza, de brillo y de velocidad, yo iba distiguiendo al budión verde; al mulo marino marcado con doble raya negra; al gobio de cola redondeada, de color blanco salpicado de manchas violeta en el dorso; al escombro japonés, admirable caballa de esos mares, de cuerpo azul y cabeza argentada; a los brillantes azurores cuyo solo nombre vale por toda descripción; a los esparos rayados, de aletas matizadas en azul y amarillo; a los esparos anillados con una banda negra en la aleta caudal; a los esparos zonéforos, elegantemente encorsetados en sus seis cinturones; a los aulóstomas con boca en forma de flauta, llamados también trompeteros, algunos ejemplares de los cuales tiene el largo de un metro; a las salamandras del Japón; a las morenas echidnas, largas serpientes de seis pies, ojos vivos y pequeños y amplia boca erizada de dientes.